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Fortaleza

FORTALEZA

Fue salvado de las aguas. A mediados de Junio del año 2.004 unos trabajadores de Obras Públicas del Distrito Capital que construían la troncal N.Q.S. de Transmilenio vieron algo negro tirado en el canal de aguas lluvias de la avenida 30 con calle 58, que parecía moverse. Uno de los obreros bajó a cerciorarse de qué se trataba y descubrió que era un perrito negro todavía con vida. Estaba en muy mal estado por la desnutrición, el frío y la suciedad pues esas aguas arrastran la basura que encuentran a su paso. ¿Quién lo había arrojado allí como si se tratara de un deshecho más de la ciudad? Nadie sabía cómo había llegado a ese lugar pero muchos se imaginaron la mala voluntad de algunas personas hacia los animales perdidos o abandonados con aspecto de callejeros.

Quizás lo creyeron muerto cuando estaba exánime en el piso y lo tiraron al canal como se arroja una bolsa de desperdicios por gente sin las mínimas reglas de decencia o de moral en su conciencia. Sin pensar en las consecuencias mortales para una criatura viva en mal estado de salud además de las sanitarias por la contaminación del espacio público, con deshechos orgánicos que deben ser enterrados por el dueño del animal o por la entidad que presta el servicio de aseo. En este caso se trataba de la supervivencia de un animal en peligro de muerte si no era atendido de forma inmediata. El derecho a la vida está amparado por la Constitución Colombiana en el Estatuto Nacional de Protección de los Animales por la Ley 84 de 1.989 que dice:

Art. 4º – “Toda persona está obligada a respetar y abstenerse de causar daño o lesión a cualquier animal. Igualmente debe denunciar todo acto de crueldad cometido por terceros del que tenga conocimiento”. Asimismo en la Declaración Universal de los Derechos de los Animales proclamada el 25 de Octubre de 1.978 por la UNESCO y la ONU en su artículo 11 dice: “Todo acto que implique la muerte de un animal sin necesidad es un biocidio, es decir, un crimen contra la vida.” En su artículo 14 señala: “Los derechos del animal deben ser defendidos por la ley, como lo son los derechos del hombre”. Pero también estas reglas de moral y de ética están defendidas por quienes son testigos de estos actos de violencia contra seres que se encuentran desamparados mientras los ciudadanos no reaccionen con sus cargos de conciencia ante los hechos presentados a todos sus sentidos, si no hacen algo por impedirlos.

No solo ante los sentidos físicos sino también ante los valores espirituales adquiridos con millones de años de evolución hasta llegar al ser humano que se hace llamar digno representante de su raza, para determinar cuál es la realidad percibida por sus sentimientos y emociones a flor de piel. Uno de los trabajadores lo sacó del agua porque notó que todavía estaba vivo y lo colocó sobre el césped de la zona verde que rodeaba el canal, antes de la construcción de la troncal N.Q.S. Allí duró tres días sin que a nadie le importara qué clase de ser se debatía entre la vida y la muerte, al aire libre y sin ningún amparo para soportar el frío, el hambre y la sed. Hasta que Charly, un trabajador y entonces administrador del campamento de los obreros en la calle 58 se apiadó del animalito y lo recogió para ofrecerle lo poco que tenía: un techo, un abrigo, comida y agua.

Gracias a esos cuidados elementales el perrito logró sobrevivir. Era de una raza parecida a un pastor Belga de pelo negro corto, de tamaño mediano, orejas pequeñas paradas y contextura tan delgada que le sobresalía el lomo y se le veían las costillas. En los primeros días apenas lograba pararse sobre sus cuatro patas pero se bamboleaba a uno y otro lado, con un modo característico de andar que daba pena ver pero que a él le era indiferente. Desde el primer momento se notó que quería sobrevivir y que lo lograría por su carácter animoso y esforzado. Aceptaba comer cualquier cosa que se le pusiera delante y se peleaba con los otros perros que tenían en el campamento si se atrevían a mirar su plato de comida, una perra grande de color canela llamada Lola y tres cachorros también parecidos a pastores belgas de color negro

Las vasijas que Charly tenía a mano eran unos envases plásticos que quién sabe qué contenidos químicos habrían guardado pero ahora estaban desocupados y recortados por su base, como comederos y bebederos. En mi primera visita vi un platón de color amarillo que se veía café por la suciedad acumulada pues era usado para unos y otros perros, sin lavarlo casi nunca con detergente y estropajo. En esos materiales desechables recibió el perrito sus primeras raciones de comida y agua potable desde que fue salvado de las aguas, por un buen samaritano. ¡Quién sabe cuánto tiempo duraría en esas miserables condiciones hasta que un obrero notó que algo se movía en el fondo del caño y lo sacó de allí! El nombre de Fortaleza lo escogería más tarde Charly al conocer el temple del animalito para sobrevivir en condiciones tan adversas, no solo de salud sino sobretodo por la mala voluntad de parte de quienes dicen respetar la Constitución y las Leyes pero no protegen la vida de toda criatura que está en peligro de muerte o sufriendo maltrato físico o afectivo ante nuestros propios ojos.

Al perrito se le empezaría a conocer en el vecindario por el nombre de Fortaleza después de que Charly se hiciera cargo de él pues algunos obreros lo llamaban Negro o Blacky. Yo me enteré de su existencia y de la feliz historia de su rescate por el mismo Charly a quien conocí cuando le pregunté si sabía de alguien que quisiera ofrecerle un hogar a un perrito french poodle, que en esa época me había encontrado perdido en el barrio Nuevo Campin. Entonces me contó la odisea del perrito negro que estaba junto a nosotros en ese momento meneando la cola y moviéndose con un balanceo de su cuerpo, hacia uno y otro lado. Desde ese día en que conocí a Fortaleza en mi primera visita al campamento de los obreros le llevé un plato de sopa y sobras de comida casera para ayudarlo a restablecerse, pues daba pesar ver su figura de una delgadez extrema.

Aunque Charly me aseguró que había bañado al perrito después de que su compañero lo sacó del caño de aguas lluvias frente al Campin y que corre paralelo a la Avenida 30, yo no estaba segura del efecto de dicho lavado porque lo cubría una nube de moscas que no lo dejaba en paz. Tenía el pelaje opaco y solamente los ojos le brillaban con el signo expresivo de que su salud mejoraba y su espíritu de supervivencia nunca lo había abandonado. No dejaba de moverse con su característico bamboleo pero sus fuerzas aumentaban día a día con una increíble capacidad de responder a los cuidados más elementales que Charly le proporcionó. Era el primero de los 4 perros que había en el campamento en salir a ver quién le había traído algo de comer y con ansias devoraba lo poco o mucho que le llevaran los vecinos o yo misma. Un plato de sopa todos los días y las sobras del almuerzo al mediodía, a veces un pan o cualquier cosa de comer que tuviera a mano para darle a él y también iba preparada con jabón y estropajo para lavarle las vasijas de comer y de beber.

Naturalmente esta dieta era muy pobre en proteínas pues casi siempre consistía en comida casera que nunca iba acompañada de carne si era por parte de los vecinos del campamento. Lo más nutritivo de esa alimentación quizás fueron los platos de sopa que yo le llevaba ya que tenían sustancia de hueso carnudo y además le regalaba el hueso, para que se entretuviera royéndolo. Fortaleza hizo amistad rápidamente con todos los obreros porque no era agresivo, su temperamento dócil y amistoso le conseguía el cariño de quienes lo llegaban a conocer en ese sector donde tomó por hogar el campamento y por dueños a casi todos los que le demostraran algo de simpatía y le dieran de comer. Cuando se sintió mejor empezó a dar pequeños paseos por los alrededores del Parque de la 58 pero sin alejarse mucho. Le resultaba seguro ese lugar donde Charly lo protegía de cualquier maltrato como si fuera su propio perro.

Yo hice una buena amistad con Charly por su manera de ser sincera y porque su conducta demostraba a las claras que era amigo de los animales y siempre que podía hacía algo por ellos. Visitaba diariamente a Fortaleza a la hora del almuerzo para llevarle el plato de sopa y para hablar con Charly de los progresos en la recuperación del perrito que él había salvado de morir de hambre, de frío y de desamparo. Le agradecía en mi corazón que se hubiera apiadado de ese animal que casi pierde la vida abandonado a su suerte por las manos criminales de la persona que no tuvo compasión al tirarlo al caño, como si fuera algo desechable que ya había perdido valor para él. Tenía presente en mi pensamiento que uno de esos días de Julio cuando hiciera suficiente sol iba a bañar a Fortaleza en el antejardín de mi casa, pero estaba aguardando ese día soleado y parecía no llegar nunca por alguna u otra razón. Por fin el 10 de Julio se presentó caluroso y me decidí a traer a Fortaleza para darle su baño con agua tibia, jabón antipulgas y una friccionada en todo su cuerpo con aceite de pino para alejarle las moscas.

Pero él no tenía ganas de abandonar el campamento sin saber para dónde iba y qué iría a pasar por fuera de su hogar. Traté de convencerlo de que sería beneficioso para su salud y le permitiría descansar de la nube de moscas y de la picazón constante, pero por más que tiraba de la traílla se resistía y me tocó decirle a Charly que por favor me lo trajera hasta mi casa que quedaba a unas 5 cuadras de allí. Así fue y de la mano de Charly se dejó conducir hasta el antejardín donde tenía preparado todo lo necesario para quitarle el mal olor y ver relucir su piel con un bonito brillo. Al terminar de secarlo le di su plato de sopa porque era la hora del almuerzo y no quería que regresara a casa con el estómago vacío. Por el camino de regreso al campamento se fue comiendo pedazos de pan que le iba dando a medida que avanzábamos, hasta dejarlo nuevamente en manos de su salvador y ángel de la guarda. Era la primera vez que se había aventurado tan lejos de su lugar de residencia temporal en nuestro barrio.

Con su nuevo aspecto limpio y perfumado pronto las miradas se fijaron en él y uno de los obreros quiso llevárselo a su casa. ¡Fortaleza encontró un nuevo hogar! Gracias Señor por oír mis pensamientos. Esa criatura se merecía un mejor porvenir. ¡Tendrá un techo, comida diaria y además afecto! Que gran descanso en mi conciencia. Su última comida fue un plato de arroz con verduras y una albóndiga de carne. Espero que no eche de menos los platos de sopa y le den una buena alimentación Ciertamente fue un milagro que sobreviviera. Gracias Señor por la buenaventura de Fortaleza. ¡Larga y feliz vida a Fortaleza! Amén.

El protagonista de mi primera historia es Tobby un french poodle que me encontré cerca a mi casa y le ofrecí hospedaje además de mi corazón, mientras le buscaba un nuevo hogar. Es un simpático y adorable animalito al que lllamaba “guaguaote” porque su talla es mayor a la de mis otros perritos french poodle. Lo dí en adopción a una familia que lo quiso tan pronto lo vieron y se lo llevaron a vivir a Kennedy. Cuando publiqué su foto con el anuncio en Internet y en otras localidades un montón de gente se interesó por él de inmediato. Por esta razón seguí en mi tarea de darle hogar a los perritos que encontraba perdidos en la calle. Con la colaboración de fundaciones como ADA, PREA, MIA, y los amigos de los animales.

Tobby I

TOBBY 1

El 16 de Mayo del 2.001 avisté un perrito french poodle vagando por las calles del Nuevo Campin el barrio donde vivo con mi papá y mis hermanos. De tamaño mediano y color blanco parecía perdido porque no se veía a nadie junto a él y andaba para arriba y para abajo, sin que la gente le prestara atención. Le pregunté a algunas personas si sabían de dónde era ese perrito pero ninguno supo decirme si tenía dueño. Aún estaba limpio y demostraba un carácter sociable pues me acerqué y le acaricié la cabeza. Tenía un defecto a simple vista con el canino derecho sobresaliendo de su boca. En esa época ya teníamos a dos french poodle Motas de 9 años de edad y Pity de 5 años a quienes sacábamos a pasear por las mañanas por los parques y zonas verdes de los dos barrios, Nicolás de Federmán y El Nuevo Campin que colindan por la carrera 36 entre calles 63 y 53.

Esa mañana me devolví a la casa con la certidumbre de que alguien tendría que recogerlo y ofrecerle un hogar como refugio temporal mientras le hallaban nuevos dueños. Así fue. A la mañana siguiente salí a buscarlo y me lo traje amarrado con una vieja correa azul de Motas que hacía juego con el collar azul que traía puesto. ¡Era un perrito de familia recién escapado de su casa! Al sacarlo a pasear por los barrios le pregunté a varias personas con quienes me topé de dónde era el perrito que yo tenía de la mano y una de ellas me dijo que lo había visto merodear por la parte occidental, abajo del Centro de Atención Inmediata CAI. Durante el paseo por mi barrio nadie lo reconoció como mascota de algún vecino de los alrededores.

Por esos día imprimí varios avisos con los datos del perrito que me había encontrado pasando por alto en forma inconciente la característica más notable de su apariencia, el canino derecho que sobresalía de su boca y le daba un aspecto algo estrafalario. Con mi hermana fuimos a colocarlos en varios locales comerciales del Nuevo Campin, Nicolás de Federmán, Pablo VI y La Esmeralda los barrios de donde creíamos provenía el perrito. Con ese signo peculiar en su fisonomía habría bastado para que los dueños lo reconocieran al instante pero ninguno de nosotros cayó en la cuenta de anotarlo. Le puse por nombre Tobby sin saber que años más tarde llegaría a mi vida otro french poodle adorable recogido también de la calle, quien me inspiraría a escribir el libro de mis memorias caninas llamado “Mis mejores amigos son de 4 patas”.

Tobby era un perrito de mirada tierna y comportamiento educado que pronto aprendió a comer el mismo concentrado que le dábamos a Motas y Pity y a usar el garaje como zona de baño de nuestras mascotas mientras estuvieran dentro de la casa. Se quedó una semana con nosotros durante la cual utilizó como su dormitorio el apartaestudio de Motas, que era un simple espacio debajo de los estantes del clóset de mi cuarto con un tapete en el piso y unas paredes acolchadas con cartones decorados con papel de regalo. Instalamos a Motas en otro lugar del mismo clóset y en algunas ocasiones los dos ocuparon el mismo sitio durante un corto instante, el suficiente para haberles tomado una foto que me alegraría haber conservado si mi cámara funcionara. Pero no la había mandado a arreglar. ¡Qué pena! Ocasiones a veces sorprendentes y tan fugaces que solo una fotografía lograría congelar en el tiempo pasaron sin dejarnos una buena nueva cuando las volviéramos a repasar en la memoria.

Pero a comienzos del año 2.001 yo estaba totalmente sumergida en realizar un inventario de los hechos revelados a la conciencia por esas fechas con la escrituración de varios documentos de carácter testimonial, que poco a poco tomarían aspecto de un diario que llamaría luego Diario de Ultramar, una pequeña pieza de teatro titulada “Identificados en cuerpo y alma” y varios formularios de preguntas y respuestas que al final tendrían un solo nombre “Entrevista al corazón vienés”. Leer solamente los títulos evocaron mi reciente inmersión en la finalización de la novela “El pájaro azul de la felicidad”. ¡Cuántos recuerdos de bienaventuranza se despiertan en la mente con esas palabras impresas ahora en papel! Fue una experiencia prodigiosa de la cual salí con la razón ausente de la realidad que me rodeaba porque estaba viviendo aún la trama de la novela, con mi propia vida en suspenso mientras encarnaba al personaje secundario de esa aventura dentro del subconsciente.

¿Quién se iba a imaginar que más tarde tendría que reencarnar dentro de mi verdadera identidad con el dolor del alma por alejarse de su auténtico ser el mundo metafísico? Al terminar de escribir esos documentos de identificación con mi Otro Yo viví un período de iluminación mental que me aisló de casi todos los pequeños detalles de la vida cotidiana. Durante uno de esos periodos en que estaba sacando a la luz la parte oscura que había dentro de mi, se acercó Tobby al escritorio para pedirme que lo alzara y lo coloqué sobre el regazo. Ambos descansamos por un fugaz instante de los afanes de llevar a cabo una tarea que nos hemos propuesto realizar contra viento y marea y ese recuerdo es el que me llevó a contar su historia, para incluirla en el libro que muchos años después se llamaría “Mis mejores amigos son de 4 patas”.

Recuerdo que anoté en mi Diario estas frases que hoy al leerlas para traer a la mente la presencia de Tobby me suenan proféticas y describen el estado de ánimo de una escritora que se sentía el personaje central de una revelación mística a sus sentidos físicos y espirituales:

Mayo 19 del 2.001

“Mi espíritu sigue tus pasos como un perrito que va tras su dueño. ¿Volverás la vista atrás en algún momento para ver quién te sigue? Dime que no soy una extraña para tu manera de andar. Puedo entender tu lenguaje. Estoy aprendiendo tu lengua. ¿Será este el viento capaz de levantarme sobre su oleaje para enrumbarme hacia ti? ¡Ah! ¡Cuánto deseo aspirar el aroma de las lilas en primavera! Podré poner mis manos sobre tu pecho y pensar que la tierra y el cielo son uno solo. Dime que si. Que yo he tocado tu corazón y tú has palpado mi alma. Tu paciencia es grande pero la mía es muy poca ya”.

Como resultado de los anuncios llamaron varias personas interesadas en adoptar a Tobby. Una de ellas fue una señora de La Esmeralda quien nos preguntó si el perrito tenía unas manchas café por debajo. Nosotros no se las habíamos notado y le dijimos que no, pero al examinar a Tobby caímos en cuenta que si tenía unas manchas café en su abdomen. ¡Que despiste! Si la señora en vez de preguntarnos por esas manchas nos hubiera dicho que su perrito tenía el canino del lado derecho por fuera de la boca nos habría puesto sobre aviso de que ese era su perrito. Otra persona que se interesó por Tobby fue un familiar de uno de los propietarios de un conjunto cerrado de apartamentos de la carrera 35 A No 57 A-91, quien me dijo que le dejara el perrito en la zona verde mientras él bajaba a verlo y ahí se quedó varias horas esperando el muchacho que nunca llegó hasta que yo pasé nuevamente por ahí y al verlo todavía amarrado a un árbol le dije al celador que me lo llevaba. ¡Qué falta de consideración con los animalitos!

Pero el destino quiso que lo entregáramos a otra persona y Tobby se fue después de compartir con nosotros su presencia durante una corta estadía en total armonía con nuestras mascotas Motas y Pity y el resto de la familia. Le deseamos buena suerte en su nueva vida. Me abismé nuevamente en el único quehacer de ese tiempo de inspiración que para mi pasó muy pronto, poner por escrito el testimonio de la experiencia metafísica más gratificante de mi existencia. Las obras que salieron de mis manos en esa época me alentarían más adelante a proseguir por el camino de la escritura, con el salvoconducto de la identificación con lo que siento, pienso y hago como medio de expresar mi verdadero ser que hasta ese momento no había podido surgir y afirmar Yo Soy. Gracias al maestro espiritual El Amigo Jesús que encontré a mi lado cuando creí hundirme en el subconsciente y no poder ordenar los pensamientos con la razón de ser de una mente con juicio y conciencia de sus propias decisiones y puntos de vista.

 

Los derechos de los animales son mi prioridad.

Soy una periodista y escritora colombiana que vive en la capital Bogotá con deseos de dar a conocer historias de perritos que se han cruzado en mi vida y me han dado más que una lección de coraje y amor, una muestra de supervivencia en condiciones adversas por el maltrato y negligencia humanos. Son historias reales de los mejores amigos que he podido encontrar por su lealtad, cariño y muestras de simpatía. !Me encantan los perros!