Fue el 3 de Marzo del año 2.006 en una mañana fría y gris cuando lo vi hecho un ovillo en el antejardín de los Pineda. Temblaba enrollado sobre el piso embaldosado. Eran las 8 a.m. y volvía a mi casa con Snoopy uno de los tres perros de la familia que había sacado a pasear, como todos los días por la mañana. Snoopy le ladró desde que lo vio y tuve que amarrarlo a la verja para que no lo molestara, aunque él es de menor tamaño y sólo quería darle a conocer que no le había gustado su facha. No tenía buen aspecto pues parecía un perro callejero con su pelo largo sucio y de color gris tierra. Sus ojos eran grandes y negros y sentía miedo de algo que en ese momento no supe qué era. Me dejó acercarme sin emitir ningún sonido y como estaba temblando pensé que era de frío, porque ese día estaba helando a esa hora. El cielo estaba también de un tono desconsolador cubierto de nubes y yo tenía el ánimo muy triste, con la ausencia de toda alegría que pudiera surgir con la falta de sol en mi vida y a mi alrededor.
Pensé que debía hacer algo por él ya que no podía hacer nada por mí. Llevé a Snoopy uno de mis perritos French Poodle a mi casa para volver con las manos vacías y poder alzar al perrito. Me lo traje abrazado a mi pecho aunque era un poco más grande de los que yo consiento en cargar en brazos, si ellos me lo piden. Era algo inusual ofrecer este tipo de oferta a un perrito de la calle. Se dejó alzar en brazos sin rechistar y me lo llevé cargado porque tampoco pesaba mucho a pesar de su tamaño. El pobre estaba tan flaco que se le notaba la espina dorsal bajo la piel. Una capa de unos 7 cms. de largo con un pelambre enmarañado y hecho vellones de pelo grueso y encostrado le cubría el cuerpo de un color gris sucio lleno de tierra y polvo, que no permitía saber a ciencia cierta de qué raza y color era ese animal. Los montones de granitos de color negro que parecían tierra eran las marcas de una infestación de pulgas que lo mantuvieron rascándose, desde el momento que empezó a moverse en el sitio donde se refugió al bajarlo de mis brazos y encerrarlo en el patio.
Estaba echado sobre un cartón debajo de un estante lleno de matas el lugar más seguro que eligió al dejarlo allí para mantenerlo alejado de los otros perros de la casa, porque no sabia qué infecciones podría tener. Ya no temblaba pero no tenía intención de pararse, apenas empezaba a tomar contacto con un medio ambiente distinto a aquél donde lo encontré cuando llegó huyendo perseguido por Crosty el perro de Claudia mi vecina, que alcanzó a morderlo. Esto lo supe después porque ella me llamó para preguntarme qué había pasado con el perrito de la calle que sacó Crosty corriendo y me pidió que le diera noticias de su estado. Su aspecto era deplorable lleno de polvo y mechones de pelo enredados en costras que le daban un color gris sucio, que después del baño dejaron ver su verdadero aspecto de perrito de raza de color blanco. ¡Un perrito French Poodle de color blanco! ¡Quién lo creyera! Era un animal de una raza reconocible cuyo origen fue alemán y se les llamó poodles o sea de aguas, porque recogían las presas de los cazadores que caían en el agua. Después pasaron a ser conocidos por caniches los perros emblemáticos de los franceses, que los hicieron perros de compañía, aunque fueron las personas de habla inglesa quienes popularizaron el término French Poodle por el cual se les conoce en esta parte del mundo.
¡Un perrito faldero abandonado en la calle! ¡Qué tristeza! Ellos que son tan cariñosos, sociables y necesitan la compañía humana para sentirse a gusto y atendidos. ¿Cuántos perritos más como él habría por ahí en cada esquina? Perros de noble cuna o también cruzados con cualquier otro cuya nueva raza es un misterio que se convertían en indigentes, gamines, callejeros sin que nadie volviera a mirarlos y mucho menos, a apreciar de qué familia o lugar procedían. Cuando con un baño y una peluqueada a tiempo quedaría a la vista su origen civilizado de animales de buena clase y sobretodo, de carácter noble, animoso y esforzado. ¡Ese guaguaote era de buena familia! Al mirarlo a los ojos grandes y negros, su nariz negra y su cara de French Poodle me di cuenta que había valido la pena quitarle la suciedad y el anonimato de su procedencia, que lo hacían aparecer cono un Don Nadie.
Surgió entonces un guaguote de buen aspecto, educado y de buen corazón. Se ganó mi simpatía desde que lo descubrí tiritando de miedo y de frío, escondido tras las rejas del antejardín de la casa de un vecino del barrio que vive a cuadra y media de mi casa. Entonces no sabía quién era ni a quién se podría parecer, ahora sé que es una criatura de raza conocida y un esforzado sobreviviente de las calles de Bogotá. Al igual que muchos de aquellos seres desahuciados por la sociedad que pasan a nuestro lado sin ser percibidos por la conciencia, porque nos acostumbramos a desobjetivizar la existencia de aquellos sujetos que no nos interesa salvar, cuidar o mantener con vida. Perdemos con esta negación del hábitat humano los estímulos de las relaciones de influencia entre los sujetos a ser atendidos y los objetos de la voluntad de actuar, por parte de nuestra humanidad en desarrollo colectivo y solidario.
Porque el concepto humanitario engloba al ser humano y a la sociedad que se hace más humana con sus actos de acción voluntaria con sus semejantes, como un todo para la práctica de estas relaciones de interacción entre el dar atención y recibir la buena voluntad de quienes satisfacen sus necesidades y les devuelven el amor que necesitan encontrar en estos actos libres de sus conciencias. Esa primera noche la pasó en medio del frío y el aislamiento en el cuarto de los chécheres, el lugar donde se acumulan por igual los años desesperanzados a la espera de un cambio y los objetos inútiles sin ningún emplazamiento a realizar tareas humanas, tasadas por su objetivo y no su sujeción a finalizarlas sin importar su inutilidad en la Bolsa de Valores Humanos. Hasta allí había llegado un ser con vida nueva a ocupar un espacio animado por su espíritu de habitar ese tiempo con su existencia a cuestas.
No había ocurrido ninguna variación en el llamado a los materiales inertes que permitiera transformarlos en los elementos fundamentales para soportar la vida con la efusión del espíritu de los habitantes de la casa en la materia energizada por su comercio en sentimientos y razones de peso en la conciencia, para llevar a cabo la regulación de las relaciones humanas y el saneamiento de los males sicosomáticos asociados a ellas. Nada era indispensable en ese cuarto donde se acumulaba el capital en forma de objetos obsoletos, lo único valioso estaba antes nuestros puntos de vista en el ser vivo rescatado de la calle, donde lo habían desechado como sujeto desvalorizado. Esa noche durmió en silencio sin dejar oír las quejas de los desamparados, su voluntad descansó en la búsqueda de satisfacción a sus necesidades, mientras yo me preguntaba con qué alimentaría mi alma si me fallaran los ánimos para seguir soportando ver pasar la vida sin poderla valorar por la paz de espíritu que me infundiría en mis ocupaciones del tiempo, que emplaza cualquier espacio a ser llenado por el ser o la nada.
A la mañana siguiente por fin lo pude bañar después que el peluquero le quitó la capa de suciedad y pelambre que impedía determinar de qué raza y apariencia era la criatura que estaba debajo. Quedó escocido por la rasurada y yo también por el oficio de retirarnos las pieles de animales que llevamos por encima y no había parte del cuerpo que no le doliera al perrito, si se lo tocaba. En ese momento sentí una rabia impotente por el saber hacer de los demás en nuestras distintas profesiones, entregada a la moralidad de las conductas responsables y a la ética de las ideologías de quienes conocemos cómo llevar a cabo nuestros trabajos. Desconociendo cómo lo hace cada cual sin practicar su propia religión en materia de ejercer aquello que decimos profesar como oficio, según nuestras propias teorías acerca de lo que llamamos profesionalismo.
¡No sé cómo se dejó bañar! Era un perrito valiente. Al principio sólo me aceptó pan. Eso me habló en forma elocuente de su dieta en los últimos 6 meses quizás, porque parecía tener apenas 1 año de edad por el tamaño de los dientes y su salud dental. También sus orejas estaban limpias. Pero lo más limpio era su mirada tierna, animosa y gentil. Después de inspeccionar el patio y darse cuenta que no había peligro para él a la vista o al olfato emitió sus primeros ladridos y conocimos el sonido de su voz fuerte, aguda y retumbante. Eso nos despejó dudas acerca de su estado emocional y nos habló claramente de su ánimo vital. A Dios gracias conservaba sanos su espíritu y su capacidad de sostener su cuerpo con sus ánimos de seguir viviendo. Le ofrecí un tazón de sopa y no le prestó la mínima atención. Eso no era alimento para él. Le cambié el potaje por un plato de arroz con verduras y pajarilla y se resolvió a comer. En el tiempo que estuvo con nosotros esa sería su dieta porque definitivamente la sopa no le gustaba, poco a poco dejaría el pan como alimento preferido y empezaría a probar el concentrado como algo que lo dejaría sin tanta hambre.
Con el corazón acongojado por su flaqueza y aspecto famélico busqué una correa que le sirviera y lo saqué a pasear para evitar que se sintiera prisionero encerrado en el patio, y también por ver cómo se comportaría ahora que no tenía hambre por el momento, ni enemigos de su mal aspecto de indigente con malos humores en su cuerpo por su falta de higiene y pésimo estado nutricional. Al contrario, había cambiado su talante asustado y huidizo por el de un perro de compañía que sale a lucirse como cualquier mascota de vecino. Caminaba despacio y con la mirada alerta, olfateaba cada esquina y se detenía a observar a los colegas que veía cerca. A ninguno tuvo intención de ladrarle o buscarle pelea solo los detallaba y seguía su camino, sin importarle a dónde fuéramos o cómo íbamos a pasar esa tarde los dos.¡Qué delicia saborear el paso de las horas sin medidas de tiempo ni de ocupaciones inmediatas! Cuando le coloqué la correa no se resintió de usarla como si yo intentara medirle los pasos para asegurarme que me seguiría a donde yo fuera, sin dejarme sola. Caso que ocurría a menudo si mi espíritu se iba y dejaba mi cuerpo abandonado y yo caminaba ausente, segura de seguir en la materia de mis pensamientos pero refundida en la alkimia de las ideas que se evaporan tan pronto sale el sol y el cielo se despeja.
Le pareció natural usar la correa para ir los dos al mismo paso emparejados como deben andar por la vida el cuerpo y el espíritu, sin intentar llevar cada uno por su lado las riendas o la voluntad de ir por su propia cuenta. Anduvimos por todo el barrio conociendo los parques y las zonas verdes al paso que quiso darle a su andadura por el mundo que yo habitaba como dos compañeros que salieron a ver, qué clase de realidad los haría notar diferentes a ellos dos o a sus semejantes. Y se dieron cuenta que los dos eran iguales pero concebían a su prójimo distinto. La relación entre amo y siervo apareció ante sus puntos de vista como ambivalentes, quien se sentía dueño de un sujeto tensaba la cuerda con la que el señor dirige al vasallo hacia su objetivo y quien se identificaba con el ser que llevaba adentro aflojaba el cordón de plata según la propia valoración de la compañía de su alma.
Las cuerdas de la luz vibratoria que oscilaban en la relación de nuestros cuerpos gemelos cambiaba de polaridad con la fuerza infundida por el Creador de las 7 o 10 fuentes de energía de los restantes niveles de vibración de lo que llamamos vida, siendo tan flexibles como nosotros quisiéramos extenderlas o replegarlas en los mundos que visitamos. ¿Porqué se veían iguales o diferentes el amo y el siervo si ambos enfocaban su atención uno sobre el otro? ¿El prójimo está más próximo a sentir nuestra presencia como ajena a su realidad perceptiva? ¿Nuestros semejantes son más dados a intuir nuestra realidad como familiar por la aceptación de una presencia tutelar cercana? ¿Nos diferenciamos por nuestra práctica de la religión profesada en las relaciones humanas como oficio cotidiano de ser nosotros mismos por nuestras creencias? ¿Nos hacemos iguales por la teoría oficializada en los valores y razones de vivir en compañía con nuestros colegas?
Dos de los puntos de vista del guardián de mi vida eran grandes y negros y percibían el paisaje con inocencia y serenidad. Los otros dos puntos de vista del sujeto que portaba ahora un objeto en su cordón de plata eran café y fijaban las impresiones en la mente con suspicacia y prejuicio. Los ojos del siervo veían el espectáculo de la naturaleza animada de la creación, la visión intuitiva del amo concebía la naturaleza muerta de las ideas cuando uno y otro se miraban al espejo de su compañero y creían ver reflejados a los animales grandes y pequeños de su pequeño Diccionario Ilustrado. Solo quienes se creen iguales andan por la vida en compañía de sus almas gemelas sujetos por el cordón de plata que conduce la transferencia de impresiones entre el arco iris de la mirada viva y la materia gris de la visión vacía, en la concepción de la simbología de las cosas y los seres por medio del lenguaje. Tobby me miraba como a un compañero de viaje y yo le hacía sentir que íbamos en el mismo plan de cambiar impresiones uno del otro. Lo bauticé así porque me sonó dulce y tierno ese nombre y necesitaba dirigirme a él como un sujeto preciado con un objeto de valor dentro de mi conciencia de los seres con peso específico en mi corazón por el efecto de las palabras en mi pensamiento.
Mi mente le asignó un lugar en mi corazón y mi razón pagó un precio por establecer esa relación sicosomática entre dos órganos vitales que funcionan al mismo tiempo, entre dar afecto a las criaturas del mundo viviente y recibir el efecto de los estímulos sensacionales de mi medio de vida orgánico y social. Yo debía de ahora en adelante responder por su vida y él podría regalarme las sensaciones más variadas al sentir nuevamente entusiasmo en recoger las impresiones de la realidad que me rodeaba. Tobby vino a mí en un momento de adversidad y melancolía. Revitalizó mis sensaciones y me mostró otra realidad desde sus dos puntos de vista, transparencia en la mirada y serenidad en la conducta. Con esas dos formas de ser una criatura confiada en la ayuda de su prójimo volvió a integrarse a la vida en comunión de intereses con quienes lo conducen de la traílla y a la vez, guían su voluntad de estar en este mundo.
Como no podía quedarme con él porque ya teníamos tres perros en la casa que cuidar, educar y alimentar para que se sintieran consentidos por sus amos y no fueran siervos de otras costumbres poco civilizadas, lo llevé a tomarse una foto y le hice un anuncio donde aparecía buscando un hogar. Lo coloqué en Internet y en algunos establecimientos de la ciudad que patrocinaban este tipo de intercambio humanitario, para ofrecerlo en adopción. Fueron 19 días de alegrías y pesares los que pasé junto a él y me sentí triste de separarme pero también satisfecha de haberlo rescatado de la mendicidad, porque ahora había vuelto a revelar su verdadero espíritu valeroso y noble a la vez, con el aspecto de su raza y de su crianza a la vista. Era un guaguaote educado, obediente y juicioso y todos lo querían adoptar. Fueron muchas las llamadas y los correos preguntando por Tobby ofreciéndole un hogar y al final se fue a Kennedy creyendo que salía de paseo la tarde del 22 de Marzo, menos lluviosa y fría que el día que lo encontré temblando de miedo y de frío.
Fueron apenas 19 días pero yo me quedé con el corazón traspasado por la pena de dejarlo ir sin haber disfrutado lo suficiente de su compañía, pero la adversidad tenía cara de hambre y desolación, melancolía y desesperación por no conjurar la crisis de nuestro tiempo con medidas económicas y reglas de relaciones humanas. Puestas en práctica entre nosotros con verdadera profesión de fe en habitar la Nueva Jerusalén que ya está en medio de nosotros pero no distinguimos quiénes somos amos de nuevos hábitos religiosos en nuestras costumbres y quiénes siguen siendo siervos de los cueros curtidos de animales prehistóricos con que nos defendemos de nuestros propios espíritus inmortales. Viejos conocidos que llamamos antepasados o vidas pasadas sin saber qué antiguas deudas tenemos que pagar por maltratar nuestras almas gemelas, esta vez sabiendo que estaban dentro de nuestros propios cuerpos y no eran precisamente nuestros semejantes para haberlos atacado con la saña de los enemigos que se creen de distinta sangre y fe.
No sabía que días más tarde tendríamos que sacrificar a uno de nuestros perritos y esta pérdida doblegaría nuevamente mi ánimo y las ganas de vivir sin la compañía de otra de mis almas gemelas que andan tras de mí. Tengo una jauría de animales conocidos y otros por reconocer que me sirvieron de compañía en mis otras vidas y que aún estoy usando sus viejas pieles para cubrir mi falta de amor hacia mis contrarios, encarnados en seres vivos de los grandes y no hacía los pequeños animales que andan sobre la faz de la Tierra que si son mis semejantes. Se tornaría materia gris lo que con Tobby y Motas fue un paisaje animado por la naturaleza viva de sus espíritus en sus cuerpos y el caudal de sensaciones que nos hace vibrar, al encauzar nuestras impresiones por las venas y arterias que mantienen oscilando la vida entre la mente y el corazón. Y por el cordón de plata que nos pone tensos o relajados según como enfrentemos la situación de mantener atado a nuestro espíritu a fin de que no deje de habitar el cuerpo que le pertenece, hasta que se vuelva polvo y se quite la tierra de la vestimenta que mejor haya creído usar como hábitos religiosos o costumbres de sentirse bien en medio de sus colegas y maltratado por los enemigos de sus creencias.